Luis Gil, premio nacional de Historia de España 2007, abre el lunes el curso de humanidades de Alcañiz
El Instituto aborda otras cuestiones de actualidad como la situación del catalán en el Bajo Aragón y proyecta un documental sobre el político Jordi Solé Tura, uno de los padres de la Constitución, enfermo de alzhaimer.
Alcañiz, 1 de noviembre.- El filólogo y traductor Luis Gil Fernández (Madrid, 1927), distinguido con el Premio Nacional de Historia de España 2007, abrirá el lunes en Alcañiz el Curso anual Interdisciplinar de Humanidades del Instituto de Estudios Humanísticos (IEH) de la capital de la comarca del Bajo Aragón. Catedrático emérito de Filología Griega de la Universidad Complutense de Madrid, el doctor Gil Fernández recibió el premio nacional de Historia por su obra “El Imperio luso-español y la Persia Safávida, Tomo 1 (1583-1605).
Tras la inauguración del curso de Humanidades por la alcaldesa de Alcañiz, Amor Pascual, el profesor Luis Gil pronunciará la primera lección del seminario titulada “Un inglés al servicio del rey de España: don Antonio Sherley”.
El curso interdisciplinar de humanidades tiene por lema “Humani nil alienum (Nada nos es ajenos)” y se celebará en sesiones vespertinas a lo largo de toda la semana próxima en el auditorio del Palacio Ardid, nueva sede de la Biblioteca y Archivo Municipal de Alcañiz así como del IEH.
En la tarde del miércoles 5 de noviembre, el doctor Artur Quintana i Font, del Institut d’Estudis Catalans y de la Academia de l’Aragonés disertará sobre un tema de máxima actualidad y que no le es ajeno al Instituto de Estudios Humanísticos, como “La lengua catalana en el Bajo Aragón”.
Además, IEH de Alcañiz ofrecerá a los asistentes al Curso Interdisciplinar de Humanidades la proyección de la película “Bucarest, en la memoria”, dedicada a la trayectoria, intelectual y política de Jordi Solé Tura, hoy día enfermo de Alzhaimer. El rodaje del filme fue dirigido por el hijo de unos de los padres de la actual Constitución española, Albert Solé Bruset, autor también del guión. El documental se proyectará en Alcañiz, en el auditorio del Palacio Ardid, el próximo día 6 de noviembre, jueves, a las 20 horas. La presentación y dirección del coloquio sobre la película correrá por cuenta del propio Albert Solé Bruset.
Programa completo del Curso Interdisciplinar de Humanidades ‘HVMANI NIL ALIENUM’ (Nada de lo humano no es ajeno):
LUNES 3
17,30 h. Inauguración del curso a cargo de Doña Amor Pascual Carceller, Alcaldesa de Alcañiz, Doña Monserrat Martínez, Directora del Instituto de Estudios Turolenses y de Don José María Maestre Maestre, Director del Instituto de Estudios Humanísticos.
18, 00 h. Dr. D. Luis Gil Fernández
Catedrático de Filología Griega (Universidad Complutense)
“Un inglés al servicio del rey de España: don Antonio Sherley”.
19,00 h. Dr. D. Eustaquio Sánchez salor
Catedrático de Filología Latina (Universidad de Extremadura)
“La feminidad del edificio y del camino”
20,00 h. Dr. D. Juan Aranda Doncel
Miembro de la Real Academia de Córdoba
“El tambor de la Semana Santa andaluza: las turbas de judíos de Baena”.
MARTES 4
18,00 h. Dr. D. Juan Gil Fernández
Catedrático de Filología Latina (Universidad de Sevilla)
“Las minas del rey Salomón”
19,00 h. Dr. D. Javier Iso Echegoyen
Catedrático de Filología Latina (Universidad de Zaragoza)
“Más allá del ‘Carpe diem’: Horacio, Lucrecio y Séneca”.
20,00 h. Presentación de libros del Instituto de Estudios Humanísticos (IEH), publicados en 2007.
MIÉRCOLES 5
18,00 h. Rafael Ordóñez Fernández
Jefe del Servicio de Cultura del Ayuntamiento de Zaragoza
“Pablo Serrano: humanismo, desamparo y comunicación”
19,00 h. Dr. D. Artur Quintana
Miembro del Institut d’Estudis Catalans y de la Academia de l’Aragonés
“La lengua catalana en el Bajo Aragón”.
JUEVES 6
18,00 h. Dr. D. José María Maestre
Catedrático de Filología Latina (Universidad de Cádiz)
“La mujer en el Renacimiento: Luisa Sigea”
19,00 h. D. José Antonio Benavente
Arqueólogo y Gerente del Consorcio Patrimonio Ibérico de Aragón
“La cultura ibérica en el Bajo Aragón”.
20,00 h. Proyección de la película “Bucarest, al memoria perdida”, dirigida por Albert Solé.
Presentación y coloquio a cargo del director.
VIERNES 7
18,00 h Eduardo Artal Latorre
Catedrático de teoría de la señal y comunicaciones (Universidad de Cantabria)
“Las misiones espaciales y el origen del Universo”
19,00 h. Clausura del curso a cargo de Doña Amor Pascual Carceller, alcaldesa de Alcañiz, Doña Sylvia Mateo, directora del CPR de Alcañiz y de Don José María Maestre, director del curso y del Instituto de Estudios Humanísticos (IEH).
20,00 h. Concierto de Gorka Hermosa Trio (Acordeón, Clarinete y Contrabajo). Interpretaciones de Bach, Messiaen, Astor Piazzolla y otros. Teatro Municipal.
La dolorosa desmemoria de uno de los padres de la Constitución
El Instituto de Estudios Humanísticos (IEH) de Alcañiz ofrecerá a los asistentes al Curso Interdisciplinar de Humanidades la proyección de la película “Bucarest, en la memoria”, dedicada a la trayectoria, intelectual y política de Jordi Solé Tura, hoy día enfermo de Alzhaimer. El rodaje del filme fue dirigido por el hijo de unos de los padres de la actual Constitución española, Alber Solé Bruset, autor también del guión. El documental se proyectará en Alcañiz, en el auditorio del Palacio Ardid, el próximo día 6 de noviembre, jueves, a las 20 horas. La presentación y dirección del coloquio sobre la película correrá por cuenta del propio Albert Solé Bruset.
La feliz iniciativa de los organizadores del Curso de Humanidades y responsables del IEH ha hecho posible que esta película, estrenada en Barcelona hace diez meses, llegue a Alcañiz, una ciudad de viejos humanistas y con muchas iniciativas, del agrado, sin duda, del político culto e intelectual que fue Jordi Solé Tura, ministro, precisamente de Cultura, en uno de los gobiernos de Felipe González, en sustitución de Jorge Semprún y antecesor inmediato de Carmen Alborch.
Enric Company escribió en EL PAIS, el 23 de diciembre de 2007, que “de una forma original, pero política, como corresponde al personaje, la familia de Jordi Solé Tura ha decidido hacer público que el ponente que participó en la redacción de la Constitución de 1978, en representación de los comunistas, padece el mal de alzhéimer a sus 77 años.
“La pérdida de la memoria de Solé Tura ha sido relatada por el hijo del político, Albert, en una película que él mismo ha dirigido y de la que es guionista. Se titula Bucarest, en nombre de la ciudad rumana en la que Solé Tura fue durante tres años locutor de la emisora del PCE Radio España Indpendiente. Y en la que Albert nació, fruto del exilio forzoso de su padre. Será preestrenada el 14 de enero en Barcelona en un acto en el que hablará otro enfermo de alzhéimer, Pasqual Maragall, que ha convertido su combate contra este mal en un nuevo gran objetivo de su vida.
“Político de larga trayectoria, iniciada en 1956 con su ingreso en el PSUC, el partido de los comunistas catalanes, y finalizada como ministro de Cultura y parlamentario socialista en 2004, Solé Tura ha sido también durante décadas articulista de prensa. Su último artículo publicadao en EL PAÍS data de julio de 2003. Entonces estaba ya afectado por la enfermedad, aunque él mismo y la familia no la identificaron hasta más tarde.
“En el homenaje que en 2004 le rindió la Universidad de Barcelona, nos dimos cuenta de que aquellas pérdidas de memoria eran algo muy grave”, explicó ayer. Tenía olvidos tan importantes de su vida, como el proceso constitucional, recuerda ahora.
“Diagnosticada en 2005 la enfermedad por el neurólogo Nolasc Acarín, Albert y Teresa Eulalia Calazada, la segunda esposa de Solé Tura, decidieron convertir parte de la terapia, que consistía en realizar esfuerzos de memoria con el enfermo, en un relato de su agitada vida y su intensa actividad política.
“De esta forma, Bucarest es, en la intención de su autor y según confiesa, “un homenaje a Jordi y con él, a toda su generación tal como yo la he conocido”. Pero es, al mismo tiempo, un relato sobre el avance de la enfermedad, con momentos de intensa emoción. Solé Tura se ha distinguido siempre por ser, además de otras muchas cosas, una persona afable, optimista, que irradia una agradable sensación de proximidad. Eso aparece también en el filme y contrasta duramente con la cruda realidad de la enfermedad. El mal ha avanzado hasta el extremo de borrar a Solé el recuerdo, por ejemplo, de que estuvo en la cárcel a causa de su actividad política.
“En la reconstrucción de esta memoria participan en el relato fílmico muchos de los personajes con los que la generaron. Desde los primeros compañeros del PSUC, como Francesc Vivens y Salvador Giner y el editor Jordi Sánchez, compañero de celda en la Modelo de Barcelona, hasta Miguel Niñez, Jorge Semprún y Santiago Carrillo. E incluso alguno de los adversarios de siempre, como Manuel Fraga Iribarne, con quien terminaría redactando la Constitución. Fraga aparece alegrándose de que, finalmente, se cerrara Radio España Independiente. También habla su inseparable Jordi Borja. Y figuras que, sin ser de su cuerda política han tenido un importante papel en la trayectoria de Solé Tura, como Manuel Jiménez de Parga. En la década de 1960 le acogió en su cátedra de la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona, a pesar de que se trataba de un profesor políticamente marcado y fuente de todo tipo de problemas con las autoridades de la dictadura. Jiménez de Parga no deja dudas: “Solé estaba muy por encima de cualquier otro aspirante”.
“Y Jordi Pujol, que fue siempre un adversario. “Nuestra relación ha estado basada siempre en una discrepancia muy fuerte”, advierte Pujol antes de reconocer el mérito de Solé como co-autor de la Constitución.
“Los espectadores de Bucarest percibirán cuando la vean que la decisión de hacer pública la enfermedad de Solé Tura, a través del relato filmado de su vida, se ha convertido en otro gesto político del fundador de Bandera Roja, adalid del eurocomunismo en su momento y luego, ministro de Felipe González”.
sábado, 1 de noviembre de 2008
domingo, 26 de octubre de 2008
Hemeroteca
Relamiéndose ante las catástrofes
Javier Marías (EL PAÍS semanal, domingo 26 de octubre)
De un tiempo a esta parte, los periódicos, radios y televisiones llamados “serios” sienten verdadera pasión por escandalizarse, como si casi todos se hubieran contagiado de sensacionalismo, y, en la medida en que puedo juzgarlo, tengo la impresión de que la fiebre no se limita a nuestras fronteras: en Italia, Inglaterra y Francia, a cuya prensa me asomo de vez en cuando, también noto un regodeo enorme ante las malas noticias. Hay además una tendencia a convertir las regulares en malas, lo intrascendente en preocupante y lo preocupante en alarmante; a ver hechos graves y ofensas tremendas en cualquier majadería; a dar importancia a lo que poca tiene y a magnificar las fruslerías. A hacernos creer, en suma, que vivimos entre sobresaltos continuos y en un mundo siempre al borde del precipicio y el cataclismo. Se anuncia sin cesar “el fin de una era”, el “derrumbe del imperio”, “la invasión de los bárbaros” (que en lunes son los africanos y en martes los chinos, en miércoles los rusos y en jueves los parias de la tierra); o bien “la muerte de la novela”, “el término de la historia” (bueno, esto ya se quedó muy anticuado), así como caos, apocalipsis y Blade Runners varios, “la idolatría del dinero”, “la deshumanización del hombre” y toda suerte de supuestos desastres. Desde que tengo memoria, francamente, lo único que he visto avanzar de manera sostenida y de veras es el poder de las mafias, a las que los Estados, con sus prohibiciones suicidas, cada vez hacen más fuertes, hasta el punto de cederles parte de sus competencias y acabar fundiéndose con ellas. Hay lugares en los que no me cabe duda de que las mafias –no sólo las más folklóricas del narcotráfico, sino las de la construcción, los ayuntamientos, las obras públicas y la banca- son pilares del Estado. Pero en fin, se trata de algo ya antiguo, sólo que ha ido y seguirá yendo en aumento.
Esto, que podría constituir un auténtico escándalo, aparece sin embargo amortiguado en la prensa, lo que da idea de cuán normal en el fondo le parece a ésta. Y en cambio se rasga las vestiduras y hace cruces ante cualquier menudencia. La cuestión es vociferar histéricamente y mantener asustada a la gente. Es como si los periodistas necesitaran vivir “momentos históricos” sin pausa –y por eso repiten tanto esa cantinela que debería costarles el despido a cuantos la emplean, hasta para las mayores sandeces: “Este es un momento histórico: por primera vez, Raúl en el banquillo”- y “lo último” de lo que sea –y por eso también repiten tanto esa otra letanía que debería asimismo mandar al paro a cuantos recurren a ella: “Ha muerto el último grande”, titulan por el difunto Paul Newman, olvidando que dijeron lo mismo cuando murieron Gregory Peck, Robert Mitchum, Borges, Karajan, Chillida, Billy Wilder y todos los grandes que cada año caen como moscas, por edad sobre todo, en el campo de todas las actividades. Los reporteros se entusiasman tanto con las desgracias que parece que las estén deseando, y debo decir que últimamente se han unido con alacridad al club de los más desgarrados la Cadena Ser y el Canal Cuatro, empresas del mismo grupo que apadrina este diario, ustedes sabrán por qué lo hacen. Sea como sea, sólo faltaba una crisis mundial financiera para que todos los carroñeros se pasen la jornada salivando. Soy completamente lego en economía, y estoy seguro de que la situación es grave, pero también de que lo es mucho menos de lo que proclaman estos adictos a las catástrofes. Si los primeros veinticinco minutos de un telediario se dedican a informar de esta crisis, los espectadores acaban convencidos de que sus ahorros están en peligro y salen a comprar calcetines y huchas. Se abstienen de comprar todo lo demás, “por si acaso”, y aunque ellos no noten nada en sus bolsillos, se los tientan a cada segundo con pánico. Si se cuenta que un banco ha tenido beneficios del 12%, frente a un 30% del año anterior, la gente se lleva las manos a la cabeza creyendo que el tal banco ha perdido un 18%, cuando lo cierto es que ha ganado mucho, un 12%. Si se dice que el Ibex “acumula” una caída del 45%, todo el mundo lo ve como una plaga bíblica y nadie se pregunta por qué diablos se mide esa caída “desde el máximo histórico que marcó en noviembre de 2007”. Yo se lo diré: se elige ese día “máximo”, en vez de cualquier otro normal, para que todo parezca más calamitoso. Resulta muy eficaz, no cabe duda: a los ciudadanos los asalta una psicosis de “vivir un pésimo momento históricos” y de asistir “al fin de un sistema” o a “los últimos estertores del capitalismo salvaje” (más quisiéramos). Se aterran, no gastan, no salen, con lo cual provocan una crisis verdadera en los restaurantes, las tiendas y en todo el consumo en general. Nadie parece fijarse, en cambio, en que los bloques de anuncios en las televisiones que informan dramática y pesimistamente siguen siendo tan monstruosos y largos como siempre, pese a que la emisión de cada uno cuesta un ojo de la cara. O en que no ha disminuido el número de los de la página entera en los periódicos que titulan a cinco columnas “El crash de 2008”. O en que los paneles móviles de publicidad en los campos de fútbol (televisado) están tan disputados que no da tiempo ni a leer lo que cada uno pone antes de ser “movido” por un competidor impaciente. Quizá estemos todos arruinados este artículo llegue a sus ojos, pero de momento a mí eso me tranquiliza. O me escama, como prefieran.
Javier Marías (EL PAÍS semanal, domingo 26 de octubre)
De un tiempo a esta parte, los periódicos, radios y televisiones llamados “serios” sienten verdadera pasión por escandalizarse, como si casi todos se hubieran contagiado de sensacionalismo, y, en la medida en que puedo juzgarlo, tengo la impresión de que la fiebre no se limita a nuestras fronteras: en Italia, Inglaterra y Francia, a cuya prensa me asomo de vez en cuando, también noto un regodeo enorme ante las malas noticias. Hay además una tendencia a convertir las regulares en malas, lo intrascendente en preocupante y lo preocupante en alarmante; a ver hechos graves y ofensas tremendas en cualquier majadería; a dar importancia a lo que poca tiene y a magnificar las fruslerías. A hacernos creer, en suma, que vivimos entre sobresaltos continuos y en un mundo siempre al borde del precipicio y el cataclismo. Se anuncia sin cesar “el fin de una era”, el “derrumbe del imperio”, “la invasión de los bárbaros” (que en lunes son los africanos y en martes los chinos, en miércoles los rusos y en jueves los parias de la tierra); o bien “la muerte de la novela”, “el término de la historia” (bueno, esto ya se quedó muy anticuado), así como caos, apocalipsis y Blade Runners varios, “la idolatría del dinero”, “la deshumanización del hombre” y toda suerte de supuestos desastres. Desde que tengo memoria, francamente, lo único que he visto avanzar de manera sostenida y de veras es el poder de las mafias, a las que los Estados, con sus prohibiciones suicidas, cada vez hacen más fuertes, hasta el punto de cederles parte de sus competencias y acabar fundiéndose con ellas. Hay lugares en los que no me cabe duda de que las mafias –no sólo las más folklóricas del narcotráfico, sino las de la construcción, los ayuntamientos, las obras públicas y la banca- son pilares del Estado. Pero en fin, se trata de algo ya antiguo, sólo que ha ido y seguirá yendo en aumento.
Esto, que podría constituir un auténtico escándalo, aparece sin embargo amortiguado en la prensa, lo que da idea de cuán normal en el fondo le parece a ésta. Y en cambio se rasga las vestiduras y hace cruces ante cualquier menudencia. La cuestión es vociferar histéricamente y mantener asustada a la gente. Es como si los periodistas necesitaran vivir “momentos históricos” sin pausa –y por eso repiten tanto esa cantinela que debería costarles el despido a cuantos la emplean, hasta para las mayores sandeces: “Este es un momento histórico: por primera vez, Raúl en el banquillo”- y “lo último” de lo que sea –y por eso también repiten tanto esa otra letanía que debería asimismo mandar al paro a cuantos recurren a ella: “Ha muerto el último grande”, titulan por el difunto Paul Newman, olvidando que dijeron lo mismo cuando murieron Gregory Peck, Robert Mitchum, Borges, Karajan, Chillida, Billy Wilder y todos los grandes que cada año caen como moscas, por edad sobre todo, en el campo de todas las actividades. Los reporteros se entusiasman tanto con las desgracias que parece que las estén deseando, y debo decir que últimamente se han unido con alacridad al club de los más desgarrados la Cadena Ser y el Canal Cuatro, empresas del mismo grupo que apadrina este diario, ustedes sabrán por qué lo hacen. Sea como sea, sólo faltaba una crisis mundial financiera para que todos los carroñeros se pasen la jornada salivando. Soy completamente lego en economía, y estoy seguro de que la situación es grave, pero también de que lo es mucho menos de lo que proclaman estos adictos a las catástrofes. Si los primeros veinticinco minutos de un telediario se dedican a informar de esta crisis, los espectadores acaban convencidos de que sus ahorros están en peligro y salen a comprar calcetines y huchas. Se abstienen de comprar todo lo demás, “por si acaso”, y aunque ellos no noten nada en sus bolsillos, se los tientan a cada segundo con pánico. Si se cuenta que un banco ha tenido beneficios del 12%, frente a un 30% del año anterior, la gente se lleva las manos a la cabeza creyendo que el tal banco ha perdido un 18%, cuando lo cierto es que ha ganado mucho, un 12%. Si se dice que el Ibex “acumula” una caída del 45%, todo el mundo lo ve como una plaga bíblica y nadie se pregunta por qué diablos se mide esa caída “desde el máximo histórico que marcó en noviembre de 2007”. Yo se lo diré: se elige ese día “máximo”, en vez de cualquier otro normal, para que todo parezca más calamitoso. Resulta muy eficaz, no cabe duda: a los ciudadanos los asalta una psicosis de “vivir un pésimo momento históricos” y de asistir “al fin de un sistema” o a “los últimos estertores del capitalismo salvaje” (más quisiéramos). Se aterran, no gastan, no salen, con lo cual provocan una crisis verdadera en los restaurantes, las tiendas y en todo el consumo en general. Nadie parece fijarse, en cambio, en que los bloques de anuncios en las televisiones que informan dramática y pesimistamente siguen siendo tan monstruosos y largos como siempre, pese a que la emisión de cada uno cuesta un ojo de la cara. O en que no ha disminuido el número de los de la página entera en los periódicos que titulan a cinco columnas “El crash de 2008”. O en que los paneles móviles de publicidad en los campos de fútbol (televisado) están tan disputados que no da tiempo ni a leer lo que cada uno pone antes de ser “movido” por un competidor impaciente. Quizá estemos todos arruinados este artículo llegue a sus ojos, pero de momento a mí eso me tranquiliza. O me escama, como prefieran.
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Es probable que Dios no exista
Elvira Lindo (EL PAÍS, Domingo 26.10.08)
El eslogan ha empezado a viajar en los laterales de los autobuses londinenses: “Es probable que Dios no exista. Ahora, deja de preocuparte y disfruta de la vida”. La idea se le ocurrió a la escritora Ariane Serien como manera de contrarrestar los mensajes amenazantes, de infierno y madiciones, con que la Iglesia suele calentar los oídos a los no creyentes. Diversas asociaciones que defienden la idea de un país laico se aplicaron a la tarea de recaudar dinero para la campaña, y ahora les sobra para empezar a exportarla a otras ciudades británicas. Lo que me divierte del asunto es la fineza del mensaje y la falta de agresividad que encierra. Muy inglés. Habría que estudiar la razón por la cual los ingleses transforman su antológica frialdad de trato en un gran sentido de la ironía en todo cuanto escriben, y los españoles pasamos de esa simpatía con la que adornamos la vida diaria a la ‘gran follá’ en cuanto nos ponemos a expresarnos por escrito, lago que hemos convertido en cualidad vernácula. Entre nuestras cualidades no está la de distinguir entre el sentido del humor y mala hostia. Incluso la Iglesia británica ha dado muestras de buen talante; enterada de que Richard Dawkins , el autor de ‘El espejismo de Dios’, había sido una de las personas que más dinero había aportado a la campaña, contestó a través de su portavoz de la manera más elegante posible: “Nos alegramos del interés continuado que el señor Dawkins muestra por Dios; eso anima el debate”, añadiendo que “a los creyentes no nos preocupa el hecho de disfrutar o no de la vida. Muy al contrario, nuestra fe nos libera para poder esta vida desde la perspectiva apropiada”. Que Dios me perdone, pero no podría imaginarme un debate en estos términos en España. A la Iglesia española le han salido en los últimos tiempos portavoces voluntarios más papistas que el Papa, y hay medios de comunicación que distraen al espectador a diario con imágenes de supuestos fetos de seis meses triturados y palabras como genocidio o tortura guantanamesca. Mal le irá a la Iglesia si su forma de atraer a posibles fieles es llamando asesina a la mitad de la población. Bien podráin aprender del historiador británico Fernández Armesto, que, aun siendo creyente, criticaba, en un artículo publicado recientemente en EL MUNDO, la inclusión, por parte de la inefable Palin, del aborto como asunto electoral, porque a su juicio distorsionaba el debate político. Señalaba también el historiador que una de las cualidades de la cultura española que más le atraían era la capacidad de hablar de cualquier asunto, por polémico que sea, en una cena, algo imposible, decía, en la cultura anglosajona. Ay, no sabe el profesor cuántos amigos se pierden aquí a los postres por decir, ni más ni menos, lo que uno piensa. Aunque a lo mejor hay que mirarlo de otra manera: si los amigos se pierden por eso, no serían tan amigos. Pero, en fin, no sólo la Iglesia española se muestra agria en sus debates, también los ateos tienden a expresarse aquí con aspereza, con ese ‘me cago en Dios’ y esa incapacidad para entender que detrás de un creyente no tiene por qué haber un facha redomado. Lejos de los tópicos, ese hombre afable que es Javier Fesser ha llevado al cine una historia conmovedora basada en la vida de la niña Alexia, que padeció un cáncer extremadamente cruel y a punto está de ser beatificada. En estos días oscuros de invierno repentino, la cara de Nerea, la actriz que interpreta ‘Camino’, me sorprende en cada esquina de la ciudad. Desde que he visto la película, le digo a Fesser, ese rostro me impresiona más, no sólo por la emoción de la historia, sino por la empatía que provoca esa niña de once años que es tan actriz como una de sesenta. Un hallazgo. Fesser me habla de ella con pasión. De ella y de todo, de ese mundo que lleva años investigando, el de la fe que mueve más que montañas, la fe de una madre que es capaz de entregar el calvario de su hija al Señor, reprimiendo su dolor materno, y tratando de que la niña viva el final de su vida con la alegría de ser la víctima elegida por Dios. Tremendo. Fesser ha elegido un mundo que existe, pero del que casi no se habla, y menos en el cine español, el de los fanatismos religiosos; pero no lo hace toscamente, sino dejando que sean los mismos personajes quienes se retraten. Él sabae que hay ciertos sectores que pretenden extender la idea de que su película está hecha contra Dios, una manera retorcida de retirar a los creyentes del cine; pero de lo que trata ‘Camino’ es de la forma en que las creencias (incluso las ideologías) absolutas nos prohíben actuar como seres humanos y sentir dolor, empatía, piedad. Tampoco quiere Fesser que se piense que su película es triste. Bueno, le digo, ¿hay algo de malo en emocionarse? En realidad, esta historia cuenta cómo una fe corrosiva impide a una madre sentir abiertamente el dolor por la pérdida de su hija.
Un numerario del Opus asistió al estreno. El único comentario que hizo a la salida se refería a una escena en la que se ve a miembros del Opus sentarse a comer: “Un numerario nunca se sentaría a una mesa sin mantel”. ¿Hay que pensar entonces que todo lo demás es cierto?”.
Elvira Lindo (EL PAÍS, Domingo 26.10.08)
El eslogan ha empezado a viajar en los laterales de los autobuses londinenses: “Es probable que Dios no exista. Ahora, deja de preocuparte y disfruta de la vida”. La idea se le ocurrió a la escritora Ariane Serien como manera de contrarrestar los mensajes amenazantes, de infierno y madiciones, con que la Iglesia suele calentar los oídos a los no creyentes. Diversas asociaciones que defienden la idea de un país laico se aplicaron a la tarea de recaudar dinero para la campaña, y ahora les sobra para empezar a exportarla a otras ciudades británicas. Lo que me divierte del asunto es la fineza del mensaje y la falta de agresividad que encierra. Muy inglés. Habría que estudiar la razón por la cual los ingleses transforman su antológica frialdad de trato en un gran sentido de la ironía en todo cuanto escriben, y los españoles pasamos de esa simpatía con la que adornamos la vida diaria a la ‘gran follá’ en cuanto nos ponemos a expresarnos por escrito, lago que hemos convertido en cualidad vernácula. Entre nuestras cualidades no está la de distinguir entre el sentido del humor y mala hostia. Incluso la Iglesia británica ha dado muestras de buen talante; enterada de que Richard Dawkins , el autor de ‘El espejismo de Dios’, había sido una de las personas que más dinero había aportado a la campaña, contestó a través de su portavoz de la manera más elegante posible: “Nos alegramos del interés continuado que el señor Dawkins muestra por Dios; eso anima el debate”, añadiendo que “a los creyentes no nos preocupa el hecho de disfrutar o no de la vida. Muy al contrario, nuestra fe nos libera para poder esta vida desde la perspectiva apropiada”. Que Dios me perdone, pero no podría imaginarme un debate en estos términos en España. A la Iglesia española le han salido en los últimos tiempos portavoces voluntarios más papistas que el Papa, y hay medios de comunicación que distraen al espectador a diario con imágenes de supuestos fetos de seis meses triturados y palabras como genocidio o tortura guantanamesca. Mal le irá a la Iglesia si su forma de atraer a posibles fieles es llamando asesina a la mitad de la población. Bien podráin aprender del historiador británico Fernández Armesto, que, aun siendo creyente, criticaba, en un artículo publicado recientemente en EL MUNDO, la inclusión, por parte de la inefable Palin, del aborto como asunto electoral, porque a su juicio distorsionaba el debate político. Señalaba también el historiador que una de las cualidades de la cultura española que más le atraían era la capacidad de hablar de cualquier asunto, por polémico que sea, en una cena, algo imposible, decía, en la cultura anglosajona. Ay, no sabe el profesor cuántos amigos se pierden aquí a los postres por decir, ni más ni menos, lo que uno piensa. Aunque a lo mejor hay que mirarlo de otra manera: si los amigos se pierden por eso, no serían tan amigos. Pero, en fin, no sólo la Iglesia española se muestra agria en sus debates, también los ateos tienden a expresarse aquí con aspereza, con ese ‘me cago en Dios’ y esa incapacidad para entender que detrás de un creyente no tiene por qué haber un facha redomado. Lejos de los tópicos, ese hombre afable que es Javier Fesser ha llevado al cine una historia conmovedora basada en la vida de la niña Alexia, que padeció un cáncer extremadamente cruel y a punto está de ser beatificada. En estos días oscuros de invierno repentino, la cara de Nerea, la actriz que interpreta ‘Camino’, me sorprende en cada esquina de la ciudad. Desde que he visto la película, le digo a Fesser, ese rostro me impresiona más, no sólo por la emoción de la historia, sino por la empatía que provoca esa niña de once años que es tan actriz como una de sesenta. Un hallazgo. Fesser me habla de ella con pasión. De ella y de todo, de ese mundo que lleva años investigando, el de la fe que mueve más que montañas, la fe de una madre que es capaz de entregar el calvario de su hija al Señor, reprimiendo su dolor materno, y tratando de que la niña viva el final de su vida con la alegría de ser la víctima elegida por Dios. Tremendo. Fesser ha elegido un mundo que existe, pero del que casi no se habla, y menos en el cine español, el de los fanatismos religiosos; pero no lo hace toscamente, sino dejando que sean los mismos personajes quienes se retraten. Él sabae que hay ciertos sectores que pretenden extender la idea de que su película está hecha contra Dios, una manera retorcida de retirar a los creyentes del cine; pero de lo que trata ‘Camino’ es de la forma en que las creencias (incluso las ideologías) absolutas nos prohíben actuar como seres humanos y sentir dolor, empatía, piedad. Tampoco quiere Fesser que se piense que su película es triste. Bueno, le digo, ¿hay algo de malo en emocionarse? En realidad, esta historia cuenta cómo una fe corrosiva impide a una madre sentir abiertamente el dolor por la pérdida de su hija.
Un numerario del Opus asistió al estreno. El único comentario que hizo a la salida se refería a una escena en la que se ve a miembros del Opus sentarse a comer: “Un numerario nunca se sentaría a una mesa sin mantel”. ¿Hay que pensar entonces que todo lo demás es cierto?”.
La convivencia en los pueblos pequeños
Leo en el Diario de Navarra del sábado 25 de octubre que un vecino de la localidad fronteriza de Urdax vive atrapado en su propia casa con su mujer y su hija de 19 años. Denunciaron la construcción de un puente sobre el río Uranaga en unas condiciones que les perjudicaba. La respuesta fue que les colocaron tres enormes cilindros o tubos de hormigón prefabricados en el camino de acceso a la carretera y sólo pueden salir de casa a pie pero no con sus coches. Y el alcalde se contenta con afirmar que los jueces dirán quien tienen razón, los tubos están colocados en un camino de propiedad privada por el que los vecinos de la casa tienen derecho de circulación peatonal que no han perdido. Por lo tanto, que los tribunales decidan.
Todo es consecuencia de constantes trifulcas entre el inquilino de la casa, fotógrafo de profesión, y algunos vecinos de la localidad. Cuando leí esta información no pude menos de acordarme del “caso Fago”, ese pueblo pirenaico aragonés en el que se produjo el asesinato de su alcalde, Miguel Grima, el 12 de enero de 2007, y que ha hecho famosa a esta pequeña aldea colindante con Navarra.
La conclusión es clara: la convivencia en los pueblos pequeños no es todo lo idílica que se pinta. Ni mucho menos. Para vivir con tranquilidad en una aldea hay que ser capaz de afrontar la soledad y llevarse bien, al menos en apariencia, con todo el vecindario. En caso contrario, la convivencia en un pueblo de 100 habitantes puede resultar un martirio insufrible, peor que vivir en el anonimato de una torre de 15 alturas de una gran ciudad, aislado entre cientos de vecinos.
Todo es consecuencia de constantes trifulcas entre el inquilino de la casa, fotógrafo de profesión, y algunos vecinos de la localidad. Cuando leí esta información no pude menos de acordarme del “caso Fago”, ese pueblo pirenaico aragonés en el que se produjo el asesinato de su alcalde, Miguel Grima, el 12 de enero de 2007, y que ha hecho famosa a esta pequeña aldea colindante con Navarra.
La conclusión es clara: la convivencia en los pueblos pequeños no es todo lo idílica que se pinta. Ni mucho menos. Para vivir con tranquilidad en una aldea hay que ser capaz de afrontar la soledad y llevarse bien, al menos en apariencia, con todo el vecindario. En caso contrario, la convivencia en un pueblo de 100 habitantes puede resultar un martirio insufrible, peor que vivir en el anonimato de una torre de 15 alturas de una gran ciudad, aislado entre cientos de vecinos.
sábado, 25 de octubre de 2008
Mis lecturas
El crimen del padre Amaro
Autor: José María Eça de Queiroz
Edición: Alianza Editorial, 1998
Relectura placentera de épocas juveniles. José María Eça de Queiroz (1845-1900) fue uno de los más grandes narradores del siglo XIX. La primera edición de “El crimen del padre Amaro” apareció en 1871. Para la segunda, de 1880, Eça de Queiroz escribió un prólogo en el que salía al paso de las acusaciones que se le hicieron a “El crimen...” de ser algo más que una novela inspirada de “La Faute de l’Abbé Mouret” de Emile Zola. Para Eça, este libro fue “apenas una intriga de clérigos y de beatas tramada y murmurada a la sombra de una vieja catedral de provincia portuguesa”. Una intriga, en todo caso, bellísima en la que se refleja a la perfección la vida taciturna e hipócrita en una sociedad que fue medieval, clasista, depravada y, eso sí, católica tridentina hasta bien entrado el siglo XX. Un placer leer a clásicos de una literatura perenne que ayuda a escribir mejor a cualquiera que se dedique a la escritura diaria. Los escritores que, como Eça de Queroz, no llegaron todavía a conocer el cine ni la televisión hacen unas descripciones tan brillantes de la realidad que parece como si en ellos una palabra valiera más que mil imágenes.
Autor: José María Eça de Queiroz
Edición: Alianza Editorial, 1998
Relectura placentera de épocas juveniles. José María Eça de Queiroz (1845-1900) fue uno de los más grandes narradores del siglo XIX. La primera edición de “El crimen del padre Amaro” apareció en 1871. Para la segunda, de 1880, Eça de Queiroz escribió un prólogo en el que salía al paso de las acusaciones que se le hicieron a “El crimen...” de ser algo más que una novela inspirada de “La Faute de l’Abbé Mouret” de Emile Zola. Para Eça, este libro fue “apenas una intriga de clérigos y de beatas tramada y murmurada a la sombra de una vieja catedral de provincia portuguesa”. Una intriga, en todo caso, bellísima en la que se refleja a la perfección la vida taciturna e hipócrita en una sociedad que fue medieval, clasista, depravada y, eso sí, católica tridentina hasta bien entrado el siglo XX. Un placer leer a clásicos de una literatura perenne que ayuda a escribir mejor a cualquiera que se dedique a la escritura diaria. Los escritores que, como Eça de Queroz, no llegaron todavía a conocer el cine ni la televisión hacen unas descripciones tan brillantes de la realidad que parece como si en ellos una palabra valiera más que mil imágenes.
Mis lecturas
Coloquios nocturnos en Jerusalén
Autores: Carlo M. Martini / Georg Sporschill
Edición: San Pablo, 2008
Un libro de conversaciones entre un cardenal jesuita, jubilado y retirado unos años en Jerusalén, y un sacerdote austriaco, también de la Compañía de Jesús, dedicado a la pastoral juvenil. Las declaraciones de este purpurado son esclavas de la vanidad y la arrogancia de un príncipe florentino de la Iglesia, Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales 2000, “papable” jesuita en el cónclave que eligió a Benedicto XVI. Pero al menos las opiniones de Martini sirven para saber que en la Iglesia existen formas de pensar distintas a las de la mayoría casposa y retrograda de obispos que aparecen todos los días en los medios de comunicación. “Es comprensible que sobre todo obispos y docentes conservadores quieran contener las manifestaciones de disolución y estén tentados de regresar a los buenos viejos tiempos. No obstante, tenemos que mirar hacia delante. Aun cuando todo cambio radical exige sacrificios y no es posible evitar exageraciones, creo en la perspectiva de largo plazo y en la repercusión positiva del Concilio. El Concilio se expuso con valentía a las preguntas de la época. Entró en diálogo con el mundo moderno tal como es, sin cerrarse por temor. ... Ese mismo coraje necesitamos hoy: no retroceder ante las dificultades, sino avanzar y permanecer en diálogo con todos”, dice Martini en este libro. Pues, algo es algo y no está del todo mal. De momento, la Iglesia Católica lo tiene crudo para despegar en el mundo ni aunque Obama conquiste la presidencia de los Estados Unidos.
Autores: Carlo M. Martini / Georg Sporschill
Edición: San Pablo, 2008
Un libro de conversaciones entre un cardenal jesuita, jubilado y retirado unos años en Jerusalén, y un sacerdote austriaco, también de la Compañía de Jesús, dedicado a la pastoral juvenil. Las declaraciones de este purpurado son esclavas de la vanidad y la arrogancia de un príncipe florentino de la Iglesia, Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales 2000, “papable” jesuita en el cónclave que eligió a Benedicto XVI. Pero al menos las opiniones de Martini sirven para saber que en la Iglesia existen formas de pensar distintas a las de la mayoría casposa y retrograda de obispos que aparecen todos los días en los medios de comunicación. “Es comprensible que sobre todo obispos y docentes conservadores quieran contener las manifestaciones de disolución y estén tentados de regresar a los buenos viejos tiempos. No obstante, tenemos que mirar hacia delante. Aun cuando todo cambio radical exige sacrificios y no es posible evitar exageraciones, creo en la perspectiva de largo plazo y en la repercusión positiva del Concilio. El Concilio se expuso con valentía a las preguntas de la época. Entró en diálogo con el mundo moderno tal como es, sin cerrarse por temor. ... Ese mismo coraje necesitamos hoy: no retroceder ante las dificultades, sino avanzar y permanecer en diálogo con todos”, dice Martini en este libro. Pues, algo es algo y no está del todo mal. De momento, la Iglesia Católica lo tiene crudo para despegar en el mundo ni aunque Obama conquiste la presidencia de los Estados Unidos.
Mis lecturas
Los girasoles ciegos
Autor: Alberto Méndez
Edición: Anagrama
Primera edición, enero 2004
Vigésima tercera: octubre 2008
Un libro tierno y entrañable, además de estremecedor. Cuatro historias en una sola de una misma guerra incivil y, sobre todo, de las secuelas que dejó. Escrito con maestría literaria y una riqueza de vocabulario difícil de igualar. Es un libro, ante todo, para deleitarse en la mejor literatura española contemporánea. Después merece la pena leerlo para conocer unas historias excepcionales y singulares, que están situadas fuera de las más convencionales y habituales que se conocen sobre la guerra civil de 1936 a 1939. Una recomendación: no lean este libro de un tirón, por mucho que les enganche. Disfrútenlo entre pausas de reflexión, con los ojos cerrados. ¡Ah!, que no se me olvide: si están en contra de recuperar la memoria, si quieren olvidar y mirar hacia la nada histórica, no lean este libro. Aunque quizá estaría bien que lo hicieron para sonrojo propio y ajeno. En todo caso, es recomendable leer este libro antes de ver la película de José Luis Cuerda, del mismo título. Yo no he visto el filme pero la lectura de la páginas de Alberto Méndez me ha abierto el apetito de ir ponto al cine.
Autor: Alberto Méndez
Edición: Anagrama
Primera edición, enero 2004
Vigésima tercera: octubre 2008
Un libro tierno y entrañable, además de estremecedor. Cuatro historias en una sola de una misma guerra incivil y, sobre todo, de las secuelas que dejó. Escrito con maestría literaria y una riqueza de vocabulario difícil de igualar. Es un libro, ante todo, para deleitarse en la mejor literatura española contemporánea. Después merece la pena leerlo para conocer unas historias excepcionales y singulares, que están situadas fuera de las más convencionales y habituales que se conocen sobre la guerra civil de 1936 a 1939. Una recomendación: no lean este libro de un tirón, por mucho que les enganche. Disfrútenlo entre pausas de reflexión, con los ojos cerrados. ¡Ah!, que no se me olvide: si están en contra de recuperar la memoria, si quieren olvidar y mirar hacia la nada histórica, no lean este libro. Aunque quizá estaría bien que lo hicieron para sonrojo propio y ajeno. En todo caso, es recomendable leer este libro antes de ver la película de José Luis Cuerda, del mismo título. Yo no he visto el filme pero la lectura de la páginas de Alberto Méndez me ha abierto el apetito de ir ponto al cine.
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