sábado, 2 de enero de 2010

Longanimidad

Constancia ante las adversidades. Foto SIGRID SCHMIDT VON DER TWER.













El Adarve

El blog de Miguel Ángel Santos Guerra


Longanimidad
Publicado por Miguel Ángel Santos Guerra
| 2 Enero, 2010 (Artículo remitido por Jesús Celma)

No sé si algún lector o lectora desconocerá, ya que no se utiliza mucho, el significado de la palabra longanimidad. Dice el diccionario de la RAE que longanimidad es “grandeza y constancia en las adversidades”. Claro que una persona que conoce lo que significa esta palabra puede no ser longánima y otra que no lo conoce puede serlo hasta extremos espectaculares. Una persona longánima es aquella que no se arredra ante las dificultades. No es frecuente encontrarse con personas que tengan esta cualidad del ánimo. Algunas no saben reaccionar ante situaciones persistentemente difíciles. Se derrumban y se entregan al desaliento. Me preocupa mucho la actitud de las jóvenes antes las inevitables dificultades que se van encontrando en la vida. Algunos, hoy en día y después de una etapa infantil llena de comodidades, se vienen abajo ante la primera adversidad. No están acostumbrados a solucionar por sí mismos los problemas.

Un soplo de viento tumba a ciertas personas, habituadas a una vida fácil. La fortaleza de ánimo es imprescindible para poder vivir. Porque es inevitable que haya problemas en la vida. De salud, de dinero, de amor, de trabajo…Sin dolor no tendríamos ni conciencia de nosotros mismos.

La cuestión importante es cómo reaccionamos ante las dificultades. Ante las mismas o parecidas dificultades unas personas se acobardan y otras se estimulan. Podemos responder a los problemas con pusilanimidad, con miedo, con angustia, con impaciencia, con rabia o, por el contrario, con fortaleza, con coraje, con valentía y con entereza. Decía Tolstoi: “la felicidad no depende de acontecimientos externos, sino de cómo los consideramos”.

Otro componente nada desdeñable de la longanimidad, además de la fortaleza, es la constancia. Es más fácil tener un arranque de coraje que persistir en una actitud valiente y decidida. Resistir a la dificultad prolongada es lo verdaderamente difícil.

Mantener el buen ánimo en la adversidad ayuda a superar las dificultades. No se solucionan los problemas mientras más dolor manifestemos. Si viniese la superación de la dificultad en función del dolor y las lágrimas tendría algún sentido entregarse al sufrimiento. Pero no es así. Más bien sucede lo contrario como explica Luis Rojas Marcos en su excelente libro “La fuerza del optimismo”.

Aunque no es un componente intrínseco de la longanimidad, creo que la manifestación persistente a los demás, en un tono masoquista y quejicoso, de la dificultad que se vive ayuda muy poco a la superación de las dificultades. Resulta insoportable una persona que constantemente está expresando su tristeza y su dolor. Parece que el mundo gira alrededor de su ombligo. Un mundo lleno de lágrimas amargas y negro como el azabache. No digo que se pueda expresar y compartir el dolor y la dificultad, digo que hay que huir de una actitud lastimera y quejumbrosa.

La magnificación de la dificultad nos mete en un callejón sin salida, en un laberinto de amargura. El pensador francés André Maurois decía que “hay que trabajar las catástrofes como molestias y jamás las molestias como catástrofes”. A veces bastaría pensar en situaciones terribles que viven otras personas para relativizar las nuestras. Una insignificante dificultad, un pequeño problema, un mínimo fracaso bastan para sumir a algunas personas en un sentimiento de fracaso total. Por eso es tan importante aprender a superar el fracaso, a encajar los rechazos, a superar las dificultades.

El esfuerzo y la superación de la dificultad nos fortalecen y nos capacitan para hacer frente a nuevas situaciones difíciles. Alex Rovira, en su libro “La buena crisis” ilustra esta idea con un interesante ejemplo. Dice que si se evitasen a la mariposa los esfuerzos que tiene que realizar cuando es un gusano para salir del capullo, después no podría volar.

El gusano de seda construye un capullo para luego liberarse de él y renacer como mariposa tras la metamorfosis. El proceso de liberación es extraordinariamente complicado, porque la crisálida tiene que aplicar una enorme cantidad de fuerza con sus apenas formadas alas para romper la cáscara de seda que la ha protegido durante la transformación.

Este es el experimento que cuenta Rovira:”Cuando llegó el momento de la liberación abrieron artificialmente desde el exterior una serie de capullos. Las mariposas ilesas empezaron a hormiguear liberadas de la seda, pero fueron incapaces de emprender el vuelo. No se pudieron alimentar y murieron, porque no podían ni sabían volar. Ninguna fue capaz de elevarse por los aires y, como en aquel estado no podían acceder al néctar de ninguna flor, murieron de inanición”.

Así es la vida. Un exceso de facilidades, un proceso de sobreprotección impide que las personas se hagan autónomas, que puedan crecer y que sean capaces de superar las inherentes dificultades de la experiencia.

Nos remite esta cuestión a las auténticas actitudes educativas. Decir no, dejar que cada uno haga su camino, aún a costa de caídas y graves dificultades para avanzar, ayuda a que las personas puedan ser ellas mismas, a que tengan confianza en sus propias fuerzas y, por supuesto, a caminar en la buena dirección. Si siempre llevásemos a un niño en los brazos para evitarle tropiezos, conseguiríamos que nunca aprendiese a caminar.

Esta actitud corajuda y valerosa ante las dificultades de la vida nos hará mejores personas. Más fuertes y más sensibles a la vez. Más comprensivas, más compasivas y más solidarias. Decía Nietzsche: ¿Qué es ser bueno? Ser valiente es ser bueno”.